MIS HIJOS NO SON MI IDENTIDAD
MIS HIJOS NO SON MI IDENTIDAD

Nos notamos más ahora que somos 6. Y me invitan a hablar más, ahora que somos 6. Nuestras vidas no son las mismas que hace 16 años, cuando solo éramos 2.

Ser madre me ha traído a callejones que no conocía y casi ningún otro rol me ha acercado a mi Padre, como este lo ha hecho. Vivo tan agradecida por eso.

Y amo ser mamá, pero no puedo anclar mi identidad allí.

Dios ha mostrado su gracia para mi vida en millones de maneras, y una de ellas, es que hay mañanas en las que al llevar las cuatro loncheras en mis manos, recuerdo que no siempre será así. Las cosas pueden cambiar de la noche a la mañana (como le pasó a Job) o van a cambiar sin que me de cuenta (como pasa siempre). Nuestra felicidad se puede rastrear hasta dónde está nuestra esperanza. ¿Cuál es mi máxima esperanza? ¿Qué es eso que si llegara a perder, me pierdo yo misma?
Eso, es lo que amo, adoro y en lo que tengo envuelta mi identidad. Si ese “algo” no es Dios, estoy en aprietos.

Nunca dejaré de ser madre. Lo seré hasta la tumba. Pero mi raíz no puede estar en ninguna relación humana, porque las relaciones humanas no están hechas para eso. Ningunos hombros humanos soportan el peso de mi expectativa… “Él (o ella) me hará feliz”… Fuimos hechos para pertenecer unos a otros, para amarnos entrañablemente y para que a través de los roces y estirones, seamos santificados, y la relación madre-hijo ciertamente cumple con todo eso, pero si espero conseguir mi validación y mi felicidad a través del desempeño de mis hijos, me voy a volver loca y seguramente desesperaré a mis hijos.

Ultimadamente, Jesús nos llama a profundizar nuestras raíces en la relación con Él, porque sólo de esa relación, brotará la alegría de abrazar la maternidad sin perder la fuerza ni el corazón cuando las cosas no marchan como quisiéramos. Y si el Señor nos dice: “dame tu corazón”… es porque en ningún otro lado nuestro corazón está libre de riesgos. Sólo las manos del Señor pueden servir para sostenerlo, porque sólo esas manos quedarán aunque se detonen 100 bombas nucleares y todo lo demás desaparezca.

Si nuestra esperanza e identidad está depositada en nuestro desempeño como madres, el día que fallamos, nuestra identidad se va por un tubo. Pero, si nuestra identidad está anclada profundamente en la persona de Cristo, y su desempeño perfecto, imputado a nuestro nombre, los días malos son lijas que nos pulen, no mazos que nos destruyen. Y seguimos siendo suyas.

Mi identidad no es “mamá”. Es hija.